Canela
- Yabebiry
- 6 may 2018
- 2 Min. de lectura

Al mundo se lo puede criticar por infinidad de cosas, pero no por falta de canela. Está la canela de Ceilán, la canela en rama, una comuna chilena (llamada Canela), un municipio brasileño, una telenovela peruana, la escritora y conductora italoargentina Gigliola Zecchin (más conocida como Canela), la canción de Bobby Capó “Piel canela”, una telenovela chilena con el mismo nombre, el actor uruguayo Julio “Piel Canela”, una perrita pulgosa que nunca conocí y la frase “dale canela a la vida”. Que en realidad no existe y es mi tergiversación del eslogan de la bicicleta Graziella: “dale pedal a la vida”, pero a los hechos del caso poco importa y se entiende.
Más allá de las múltiples desambiguaciones de la palabra canela, para mi la canela es una sola cosa: arroz con leche y del bueno. Cremoso, jugoso y divino. El aroma te levitaba tan lento como rapidísimo, desde que abrías la puerta de la casa hasta que llegabas a la cocina y confirmabas la hipótesis deseada: había.
El arroz con leche de mi madre es la verdad absoluta sobre la faz de la tierra y no lleva huevo. Es blanco, esponjoso, no se parece en nada a la cosa amarilla que hacía la madre de Daniela... pobre niña.
El arroz con leche de mi madre es la posta y aunque se basaba en la receta del Crandon (sexta edición, año 1996 y regalo de compromiso) ni lo busquen, ni se esfuercen porque mi madre no sigue al pie de la letra ninguna otra receta más que su instinto.
También es cierto que el arroz con leche lograba quedar opacado por los panqueques de dulce de leche, porque bueno... dulce leche mata lo que sea. Más si está calentito, recién horneado y con queso rallado por arriba (y me banco cualquier cara de asco que osen hacer en este preciso momento).
No en vano mi hermano escribió “mamá linda” en la página que alojaba los panqueques en el cuaderno gris de escuela (con carátula de José Pedro Varela) donde mamá anotaba a puño y letra sus pociones. Una maniobra de marketing envidiable... Pero por favor, no nos detengamos en este cuaderno. Es un tema sensible y su desaparición hasta el día de hoy es causa de angustia.
Retomemos los temas felices, ¡las canelas de la vida! Porque la canela es eso: aroma, delicia, magia y purpurina. Eso sí, tengan cuidado con morder los clavos de olor. Se entreveran en la crema y son engañosos. No hay que confundir aroma con sabor y es aconsejable maniobrar con destreza el asunto.
¡Que tonta que fui! Debería haber sido yo la que escribiera “mamá linda” en la página doscientos veintitrés y “gracias” en la trescientos treinta y nueve de ese glorioso libro -con portada cada vez más desgastada- del Crandon. Porque en la trescientos treinta y nueve no estaba el arroz con leche, pero estaba la torta rápida. A quien los Labella le debemos varias meriendas ricas, salidas del paso. ¡Amen!
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